Hace poco tiempo alguien muy querido me aseguró que una relación de pareja es como concebir y criar un hijo, siempre más apegado a uno de los padres y por supuesto, más mimado por este. Igual me recordó la importancia de la madurez, la comprensión, la tolerancia, la comunicación, temas de discusión latentes en las problemáticas del amor.
Había olvidado esas premisas concentrándome en mi propio bienestar.
Entonces, comprendí que estaba en crisis de ¨yoismo¨, y por ende atentaba contra mi relación. Clarifiqué mis ideas y examiné todas mis faltas: me declaraba desgraciada sin valorar las buenas y poderosas razones de mi unión voluntaria con otra persona, obviaba el deseo de continuar pensando y enriqueciendo vivencias ¨en par¨, desestimulaba mi espíritu con vicisitudes impuestas caprichosamente por la dinámica del cotidiano, y penosamente me condenaba a la sensación terrible de la soledad.
Tras una autoconsulta y sanación personal de espíritu decidí borrar cualquier atisbo de infelicidad.
Decidí, sin duda alguna, participar con más fuerza en la aventura de dos que se viven como uno.